Este último 13 de abril, los colombianos Vitam et Mortem publicaron su sexto álbum El Río de la Muerte, un trabajo conceptual que relaciona el rpio Magdalena de Colombia con el río Aqueronte de la mitología griega, con la muerte viniendo de los violentos conflictos que plagaron el país en los últimos 60 años.

Con respecto a este álbum, el escritor Óscar López Alvarado publicó un ensayo acerca de este álbum, al que ha titulado Vitam et Mortem: La Música de la Rivera de la Muerte. Además de ser escritor, Alvarado es docente en Literatura y Lengua Castellana, autor de varios ensayos y del libro El Andariego de la Savia (2019), y también vocalista de las bandas Decadent Flesh y Carnes, además de fungir como sesionista en vivo de Hedor. Con estas credenciales, Alvarado está más que capacitado para detallar los temas de este álbum, en un texto que publicamos a continuación completo.

Vitam Et Mortem es la confirmación del compromiso musical emparentado al rigor por transitar el horror de la historia, el hombre y la realidad. Especialmente en su reciente disco “El rio de la muerte” (2020), donde se advierte una herencia de la violencia que ha asolado a Colombia desde la fundación y el tiempo de ideologías políticas. Se intuye el compendio de la vasta literatura escrita sobre el tema desde novelas a poemas y que se resume en una imagen real, el de las madres, familiares, esposas que buscaban los miembros, las partes de sus seres desaparecidos en el curso del rio magdalena, y tal, como el cuento del escritor Tolimense Jorge Eliecer Pardo, “Sin nombre, sin rostros ni rastros”, a esos cadáveres desmembrados, sin la señal del color de las miradas, se les pegaba una fotografía a los vidrios del ataúd para despedirlos con caricias en las mejillas. Ese contenido se relaciona directamente con una canción como “Los cuerpos en el Río” al cantar: …”Hace pocos, pocos años, / el río Magdalena parecía un cementerio/ y el camino al infierno… Cual Caronte en la barca/ la muerte se paseaba, / enumerando en larga lista/ las voces silenciadas. 
El lenguaje de la banda ha sido el canto a la muerte, evocar en primera persona los caminos de sal, adversos al del día a día. De ahí que canciones como el “Animero”: “yo soy el animero/ amigo de los muertos/ y canto un tono fúnebre/ durante nueve días”; “Barquero de los muertos”: “¡Caronte!/ quiero ir al inframundo… déjame ver a mis muertos otra vez”, o “Yo soy el siguiente muerto” al decir: “Yo soy el siguiente cadáver/ caeré en un parpadeo/ concédeme Hades el deseo de Aquiles,/ mediante esta música de muerte, el recuerdo entre los mortales”, permitan reconocer la sinceridad de su arte, en un discurso que quiere ver más allá de la palabra y ser la muerte misma. Este canto, diálogo con el mito, o sea con lo inexplicable y fundamental en la visión de mundo, reduce lo escatológico al verso que se grita, que implora en medio del ritmo oraciones de recuerdo sin recuerdo con el simple propósito de tantear una última mirada, la última expresión previa a ese gesto que cortara el respiro. 
La música de Vitam Et Mortem es de hueso, es un abismo que interpreta un sonido y desea ser ese olor de la tierra que tapa los ojos de un tiempo diezmado. Por eso todo se dimensiona desde el silencio. Las letras, los riffs junto a la percusión traducen lo desconocido, aquella imagen de Caronte que se alza entre la niebla; no es en vano que esta referencia transite sin rumbo en gran parte de su lírica. Asimismo, escuchar el inicio de una canción como “Aqueronte” es dimensionarse en un canto fúnebre, asistir a un coro de velación el cual envuelve y lo transporta al olor de los cirios. Esto no es un simple tema, es una dignificación de los ojos ciegos ante ese vacío, ese espacio en blanco que cobra el inexorable paso del tiempo. 
La relevancia de esa música se debe a la atmosfera proyectada mediante el sonido que navega por las aguas cenagosas del rio del leteo y su imagen intuida; ese tránsito que conduce al oyente ir a bordo. Ahí se justifica la portada del álbum con su sexta canción, “Barquero de los muertos”. La cadencia de hallar entre pasajes melódicos sin caer en lo lacrimoso el ambiente de angustia de la tierra húmeda, como el frio de una losa, o palpar las marcas de un óbolo, es un ejercicio de “no abandonar las preguntas” como ocurre en el tema “Nomen nescio” y traducir el sonido del pago al barquero, a aquel que llega del sueño, de esa pequeña muerte entre todas las muertes. 
18 años para llegar a esta producción. En el decurso de su carrera la banda ha tenido ciertas metamorfosis que no la hacen ver lineal, monotemática. Se puede pensar en el disco Life in Death (2007) que augura una música directa, acentuada en las bases más sólidas del Death Metal y que va a proyectar una identidad por este diálogo con la muerte. Posterior un álbum como “Commanding the obscure imperius” (2008) con una vinculación hacía la temática indígena, lo ancestral y composiciones en busca de un sonido propio. Ya con “Death Metal 666 (invoking the end)” (2010) se siente una madurez musical, de consagración y respeto dentro y fuera del país. Asimismo “Historias de Tiranía (500 años de dominación)” (2014) liga a la banda a un contenido de dolor, el choque existencial – cultural a propósito de la conquista de América. “Sinfonía para el funeral de un ángel” (2017) llega a ser un álbum que los despoja de la fuerte influencia de Behemoth para experimentar por un sonido consistente, basado en un Death Metal Melódico de gran lirismo, diferencial de las anteriores composiciones y con cierto tono de referencia en algunos ritmos de Nybram, proyecto personal de Thànatos, vocal y guitarrista. Todo este proceso para consolidar la producción “El rio de la muerte” como el resultado de un ejercicio serio, de búsqueda incesante, en que un viaje interior va a corroborar el sentido de la música frente a la incertidumbre de la vida, la realidad del hombre.
Con todo, el Death Metal no ha sido más que un canto a la vida, a aquella que se abrevia en la multiplicidad temática desde lo mórbido, lo reflexivo, pero siempre con la necesidad de fragmentar las realidades ideológicas, paradigmas de pensamiento y ser ese sendero contrario a lo común, frágil y sumiso. La realidad de este género musical es buscar en la aceptación de la muerte una negación de la misma.
No se necesitan metáforas para hablar de la muerte porque ésta ya lo es. Su propiedad va más allá de los ojos, es una carne que se disgrega para ser esencia de lo inconcluso, de lo desconocido. Por eso, escuchar estas sinfonías de muerte es imaginar un rostro sin saber su pasado, silencioso, asesinado. Es recordar los poemas de Mery Yolanda Sánchez, (“sentir por las piernas/ la respiración/ del compañero desaparecido”), y todos aquellos que se barajan en una antología poética sobre la violencia en Colombia como la de “La casa sin sosiego” de Juan Manuel Roca. Ahondar en las canciones del disco “El rio de la muerte” es cerrar los ojos, dejarse llevar por el Caronte que retrató Lord Dunsany y cargar con la incertidumbre de ser el último viajero, el cual, con mirada temblorosa, logre desfigurar el cansado rostro del barquero del Hades.


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