Muchos asesinos son conocidos más por su apodo que por su nombre real: Cayetano Santos Godino siempre será "El Petiso Orejudo", Mateo Banks siempre será "Mateocho", y el sobrenombre de "El Ángel de la Muerte" siempre será parte de Carlos Eduardo Robledo Puch. El caso de Aníbal Higonet no es distinto, pero el suyo tiene la distinción de ser un apodo que se originó con él y después quedaría marcado de manera indeleble en la criminología argentina, y fue por eso que los deathmetaleros argentinos Morferus lo inmortalizaron en su canción "El Loco del Martillo", de su álbum debut Argentina Psicópata.

Raúl Aníbal González Higonet nació el 11 de noviembre de 1937 en Lomas del Mirador, en la provincia de Buenos Aires, el más joven de siete hermanos varones y uno de los once hijos de la familia. Su infancia estuvo muy lejos de ser la mejor: su padre quedó hemipléjico cuando él era chico, y su madre, Elisa, decidió enviar al joven Aníbal a un instituto de menores, siendo que era incapaz de alimentar a todos sus hijos.

En mayo de 1957, con 19 años, Aníbal fue condenado a prisión por una serie de robos menores y enviado al penal de Rawson, en el frío sur argentino. Pasaría allí los siguientes cinco años de su vida haciendo trabajos forzados, hasta que fuera liberado el 15 de diciembre de 1962, aparentemente como un hombre reformado.

Llegado el verano de 1963, la gran noticia no era la ola de turistas viajando a los grandes centros turísticos argentinos, como Mar del Plata o Córdoba. No, el tema que atravesaba a la sociedad argentina era una serie de asesinatos que habían cometido en Lomas del Mirador a comienzos del año, en los que mujeres habían sido atacadas a martillazos por un hombre del que sólo se tenía la descripción de "alto y delgado", dada por los pocos testigos. Había un pánico generalizado entre la gente de la zona, e incluso los dueños de las fábricas dispusieron que las mujeres se retiraran antes de que cayera la noche.




Mientras tanto, Aníbal pasaba sus días trabajando como "changarín" (jerga argentina para hablar de un trabajador menor) en el Mercado Central, puesto que había conseguido poco después de salir de la cárcel. En una de sus tantas reuniones con mucho alcohol de por medio, Aníbal compró nada menos que dos damajuanas. Cuando sus compañeros le preguntaron cómo había conseguido el dinero para pagarlas, Aníbal reveló, seguramente influenciado por el contenido de aquellas damajuanas, que él estaba detrás de la serie de asesinatos que había conmocionado a la Argentina.

Todo había comenzado el 14 de enero de ese año, cuando Aníbal entró a la casa de una mujer llamada Emilia Ortiz, quien se encontraba durmiendo en su cama. Aníbal la atacó utilizando un martillo. Ortiz se desvaneció por los golpes, que le dejaron con profundas heridas en el rostro, pero sobrevivió al ataque. Aníbal se fue de la viviendo con apenas un par de pesos y algunas prendas de vestir.

Días más tarde, Aníbal volvió a entrar a la casa de una mujer sola, en este caso la de la señora Torretti. Le siguieron siete robos más, todos contra mujeres solas y todos igual de violentos. La prensa de la época lo había bautizado como "El Loco del Martillo", haciendo referencia a su arma preferida y a la extrema violencia con el que cometía los robos.

Sin embargo, este sólo era el comienzo para Aníbal, porque fue con su décima víctima donde el robo se convirtió en asesinato: el 8 de marzo, el delincuente entró a la casa de Rosa de Grosso, mujer de origen italiano. Aníbal se encontró con una resistencia mucho más grande que en sus robos anteriores, y durante el forcejeo le dio una serie de golpes a Rosa que le terminó hundiendo el cráneo, matándola.

Todo indica que a partir de este ataque, Aníbal se volvió más audaz, más "lanzado" con sus ataques. Pocos días después Aníbal entró a la casa de Virginia González, de 80 años, y a pesar de su avanzada edad el asesino decidió darle el mismo final que a Rosa, matándola a martillazos. Y al día de siguiente de ese ataque, hizo lo mismo con Nelly Mabel Fernández, de 55 años.




Estos tres asesinatos terminaron por romper a la sociedad argentina: se formaron grupos de vigilancia para patrullar los barrios, e incluso la gente comenzó atacar a personas que tuvieran aunque sea un mínimo de coincidencia. Incluso el presidente del momento, Arturo Illia, tomó cartas en el asunto, ordenando a la policía que pusiera especial énfasis en el caso. 

Y sin embargo, el asesino se terminaría revelando solo, bajo la influencia del alcohol.

Uno de los amigos de Aníbal hizo llegar el dato a la policía, y fue así que el asesino fue detenido el 30 de marzo de 1963, en su casa de Lomas del Mirador. Fue interrogado, diciendo que no había querido matar a las víctimas, que sólo había querido robar. Mientras Aníbal estaba detenido, el hijo de Rosa de Grosso se apareció en la comisaría, y dijo que Aníbal tenía puesto un saco suyo, robado de la casa de su madre. En un terreno al lado de su casa, encontraron el martillo ensangrentado.

El 12 de abril de 1967, Aníbal Higonet fue condenado a reclusión perpetua por el juez Pedro Heguy, y enviado al penal de Sierra Chica, donde pasaría las siguientes cuatro décadas. Durante su tiempo en la cárcel, Higonet se convirtió en el preso con más tiempo de reclusión en la historia argentina.

El 22 de marzo de 2006, le fue otorgada la libertad condicional. Tenía 68 años, un fuerte cuadro de artrosis y ya para esa época lo habían trasladado a una unidad para personas mayores en Gorina. Había pasado 43 años detenido por sus asesinatos, más cinco años por sus primeros robos, totalizando 48 años en la cárcel. Entre su liberación del penal de Rawson y su detención por los asesinatos, habían pasado 105 días.




La prensa se hizo eco de que uno de los asesinos más infames de la historia argentina estuviera de vuelta en las calles. Una interesante nota en Infobae relata cómo fueron los primeros momentos de Aníbal en libertad: pareciendo mucho más viejo viejo de lo que era, Aníbal terminó en una Buenos Aires que era completamente diferente a lo que era cuando lo detuvieron: el antiguo Mercado del Abasto se había convertido en un moderno centro comercial, y la zona de Puerto Madero, otrora terreno abandonado y lleno de ratas, ahora era la zona más exclusiva de toda la ciudad.

Aníbal se fue a vivir a la casa de su hermana Elsa en González Catán. Ella había sido el único miembro de su familia con el que había mantenido contacto directo durante los años, y quien lo había seguido visitando en la cárcel. Durante su estadía en la casa de su hermana, Aníbal nunca se pudo acostumbrar a la vida en libertad, diciendo constamente que quería volver a la cárcel.

Su vida en libertad no duró mucho: en noviembre de 2007, Raúl Aníbal González Higonet murió de un ataque al corazón. Tenía 70 años.


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