PH: Julián Quinteros
En el medio de una situación tan complicada como la que se vive en el país en estos momentos, que una banda como Meshuggah lograra presentarse en el país ya entra casi en el terreno de los milagros. Pero claro que la visita de los suecos no se iba a dar sin un par de complicaciones previas: con el precio de las entradas posicionándose firmemente en el lado más prohibitivo de los costos, la producción tuvo que recurrir a medidas de emergencia de último momento, incluyendo hacer promociones de 2x1 y luego extendiendo el beneficio en forma de canje a los que habían comprado antes.  A eso se le sumó el paro de transportes para el mismo 30 de abril, con otro más a darse al día siguiente, dando la certeza de que las cosas se iban a complicar todavía más para la gente. Pero a pesar de todo, aquella noche de martes de temperaturas bajas vio un público bastante grande amontonándose en los alrededores del Teatro Flores, lo que demostró que aquellas promociones habían logrado aunque fuera maquillar la situación.

Hacia las 20:00, el campo del Teatro estaba ocupado hasta la mitad, aunque también se pudiera deber a un ingreso más bien lento causado por la cantidad de gente buscando hacer el cambio de entrada en las ventanillas. Fue en ese horario que salió al escenario Avernal, los invitados de la noche, para ir calentando al público para la presentación principal. Aun cuando en los papeles una banda del estilo de Avernal pueda no parecer el grupo más indicado para abrir para una banda como Meshuggah, entre el público se podían ver una diversidad de remeras de todo tipo (desde las de Napalm Death a las de Metallica, desde Morbid Angel a Megadeth, y de Slipknot a Beyond Creation), así que en realidad podemos decir que Meshuggah acerca públicos muy distintos a sus recitales.

Y Avernal se encargaron de derribar cualquier duda al atacar con “El Profeta y la Carroña”. No obstante la típica bola de ruido que suele aparecer con cada banda telonera en este país, desde un principio el grupo sonó arrollador, aunque fuera más por el altísimo volumen de los instrumentos que por la claridad con la que se los pudiera escuchar, con excepción del bombo de la batería. Pero con el correr de las canciones ese aspecto se fue resolviendo, permitiendo disfrutar de la marcha imparable de auténticos mazazos como “Habitante De Cadáveres”, “La Espada Sin Cabeza” y “Mediador”, e incluso viajando en el tiempo hasta su primer disco con “Catalepsia”, que permitió apreciar la evolución desde el death metal más crudo y primitivo hasta el death’n’roll / sludge / lo-que-sea que la banda de Buenos Aires hizo propio y del que es uno de los mayores exponentes nacionales. Las voces de Cristian Rodríguez siguen sonando tan brutales como siempre, con la banda no quedándose atrás y dando una lección de cómo sonar extremadamente sólida a pesar de las circunstancias. Cerrando con “La Tormenta Después De La Calma”, Avernal anunciaron su recital del 25 de mayo, que será una gran oportunidad para todos aquellos que no hayan podido verlos en vivo.

Los 35 minutos de espera que siguieron se hicieron mucho más cortos (incluso siendo ya un tiempo bastante corto para aguardar antes de que salga una banda principal) por la lista tan particular de canciones seleccionadas para que suenen de fondo, con temas “Lady In Red”, “Time Of My Life”, “Careless Whisper” y varios otros éxitos. El contraste entre las caras de malos entre el público y las baladas melosas dignas de la Aspen tuvo a muchos riendo y comentando, algo que el encargado de sonido notó porque subió el volumen durante el estribillo de “I Wanna Know What Love Is” de Foreigner. Durante y después de la presentación se pudieron leer muchos comentarios sobre esto en las redes sociales, así que se puede concluir que fue un éxito comparado con poner la misma lista genérica de temas pesados de Youtube otra vez.

A las 21:15, las luces se apagaron y comenzó a sonar la introducción ambiental que Meshuggah usa en sus recitales, similar al sonido de sirenas de emergencia sonando a la distancia, dando pie a la entrada de la banda, recibida con cálidos aplausos y ovaciones. Con los carteles en la parte de atrás del escenario adornando con arte proveniente de su último álbum The Violent Sleep Of Reason, se ubicaron al frente de las tablas y en una misma línea el bajista Dick Lövgren, los guitarristas Mårten Hagström y Per Nilsson (este último reemplazando en vivo al histórico Fredrik Thordendal) y el cantante Jens Kidman, con su clásica cara de pocos amigos y el pie apoyado firmemente en el parlante de retorno, dando comienzo a la aplastante “Parvus”, que con el repiqueteo constante de la batería de Tomas Haake demostró ser una gran elección para arrancar la noche, con la gente tratando de hacer headbanging en medio de los compases cambiantes e irregulares de la canción. A todo esto se le sumaron los complejos juegos de luces, una característica fija de los recitales de los suecos, al punto que varios mencionen al encargado de las luces como el sexto miembro de la banda.

Casi sin esperar en el medio, siguieron a esa con “Born In Dissonance”, de su último álbum. Fue en esta canción donde se pudo apreciar de verdad lo bien que suena todo en vivo, no sólo desde el punto de vista de lo que toca la banda sino en la calidad de audio incluso en un escenario como el Teatro Flores, que está lejos de tener la mejor acústica del mundo, todos los sonidos se escuchaban de manera fuerte y clara, hasta en las partes en las que pareciera que cada uno está tocando canciones diferentes. Fue así también que se pudo apreciar el destacable trabajo en los solos de Nilsson, llenando los zapatos de Thordendal con precisión y con su particular guitarra de ocho cuerdas sin clavijero.

La rapidísima “The Hurt That Finds You First” desató un pogo violento en el campo del Teatro, que se vio contrastado con un nuevo solo de guitarra, que de alguna manera logra demostrar melodía y sentimiento en medio del caos controlado y preciso que resulta la canción, con el público coreándolo como si estuvieran escuchando “Sweet Child O’ Mine” o cualquier otra canción de un grupo mucho más accesible. El final de esta pieza también tuvo las primeras palabras de la noche por parte de Kidman, mencionando estar feliz de volver a Buenos Aires, aunque su actitud siempre parca en vivo conspire contra demostrar esa alegría.

Una introducción de sonidos robóticos dio comienzo a “Rational Gaze”, que tuvo a Hagström aportando sus propios gritos a los rugidos de Kidman. Pero por lejos uno de los momentos más esperados de la noche se dio justo después con el inicio de “Future Breed Machine”, un clásico de los oriundos de Umeå que había estado ausente en las dos presentaciones anteriores en Buenos Aires. Todo un mazazo directo desde su álbum de 1995 Destroy Erase Improve, con un riff que suena como una reversión alien de Pantera.

Las siguientes “Stengah” y “Straws Pulled At Random” hicieron delirar al pensar en cómo hacían estos tipos para tocar patrones tan complejos sin siquiera sudar, sobre todo después de haber estado nueve meses sin tocar antes de la gira latinoamericana. “Clockworks”, por otro lado, parece haber sido hecha para demostrar la asombrosa técnica de Haake detrás de la batería, confirmándose como el motor detrás del sonido de Meshuggah, incluso más que cualquier cuerda extra en los instrumentos.

“Violent Sleep Of Reason” atacó sin previo aviso más tarde, seguida por “Lethargica”, que tuvo el momento más “tranquilo” (por decirlo de alguna manera) de la noche, con esa parte en el medio que evoca imágenes de caminatas por parajes desolados, justo antes de arremeter nuevamente con los riffs caóticos, dando así fin a la primera parte de la presentación, con los cinco retirándose a los vestuarios.

Claro que no fue el final definitivo, (casi) nunca lo es. Un par de minutos después volvieron a las tablas, cumpliendo con el ritual de retirarse y volver para los bises que nunca voy a terminar de entender. Sin embargo, Meshuggah no da mucho tiempo para pensar en los motivos detrás de algo tan visto en casi todos los recitales, con Jens Kidman retando al público diciendo que no puede oír los coros multitudinarios antes de arremeter con el clásico “Bleed”, que desató el mosh más grande de la noche. Siguiendo con “Demiurge”, que tuvo a Kidman rompiendo un poco su personaje al ponerse a animar al público, dieron punto final a su presentación, coronando la noche con el reparto de púas, baquetas y listas de canciones, como si fuera una expresión humana luego de ochenta minutos de mostrarse como máquinas tratando de comunicarse.

Sí, puede que doce canciones parezcan muy poco, incluso comparados con las catorce que tocaron las veces anteriores cuando se presentaron en Groove. Pero a fin de cuentas, no creo que los que salieran del Teatro (ya fuera para ir a la pizzería cercana, volver a su casa por sus propios medios o tomándose uno de los últimos colectivos antes de que llegara la medianoche y la calle quedara desierta) se fuera insatisfechos. Incluso si uno se debate si esto del “djent” o el “metal matemático” es de verdad un sonido propio o simplemente una moda para andar comprándose guitarras con cuerdas de más (poniéndolo al mismo nivel de lo que fuera el nu metal), la verdad es que el espectáculo que ofrece Meshuggah es único, sean las circunstancias que sean, y es uno compensa si brevedad con sustancia, con las capacidades de una banda única. Si logran cumplir la esperanza de poder pasarse por Latinoamérica dos veces por disco de seguro habrá que estar agradecido, incluso en un contexto tan adverso como el que suele darse en este país.

Crónica: Martín Cirillo
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